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Opinión y estudio del evangelio

El desierto antes de la tierra prometida 

El desierto antes de la tierra prometida

No es por nada que Hollywood sigue produciendo películas sobre el Libro de Éxodo. 

Es una historia verdaderamente dramática que llama la atención a personas de todas las edades, de todas partes del mundo, desde hace siglos.

La historia se vuelve aún más dramática cuando intentamos ponernos en el lugar de los hebreos.

Llevaban años orando a Dios para que los librara.

Después de siete años de plagas y promesas incumplidas del faraón, final, y repentinamente, lograron su éxodo, su salida de Egipto y de la esclavitud.

Si lo vemos de esta manera, el éxodo fue una cuestión de paciente perseverancia. Pasaron de una dificultad a otra hasta lograr la meta deseada.

Pero los hijos de Israel no leyeron este cuento en la Biblia, lo vivieron en carne propia. 

No lo veían de principio a fin. No sabían exactamente cómo iban a suceder las cosas.

Esto sí, las cosas no sucedieron cuando ellos las esperaban ni como las esperaban.

En primer lugar, Moisés era, tal vez la última persona que ellos esperarían que enviase Dios para salvarlos.

Moisés se había criado más como egipcio que hebreo, con lujos, otra religión, otra educación, tanto formal como informal, otras costumbres, y, a lo mejor, con otro idioma.

¿Qué tanto habría dominado Moisés el idioma hebreo después de vivir toda su vida, hasta entonces, entre los egipcios y luego entre los madianitas?

Además, había sido fugitivo de la ley, por asesinato. 

No solo había perdido cualquier autoridad gubernamental que puede haber tenido antes, después de su regreso a Egipto, era una posibilidad que el faraón lo mandara ajusticiar.

El faraón no los dejó ir la primera vez que Moisés y Aarón le comunicaron el mensaje de Dios. De hecho, les dio tareas más difíciles como escarmiento.

Una vez libres, Moisés, guiado por Dios, los llevó a un desierto donde no había suficiente comida ni agua para sus familias y rebaños.

Tuvieron que dar rodeos y vagar por 40 años antes de entrar en la Tierra Prometida, tierra que tuvieron que conquistar para luego dejarla como herencia a generaciones futuras.

Una vez más, si tenemos ojos para ver, notaremos que esta historia nos ofrece muchos símbolos que nos pueden servir para orientarnos en la vida, tal como la historia de la Liahona.

En mi último artículo (el cual se puede leer haciendo clic aquí), hablamos sobre las plagas de Egipto y su relación con el pecado, específicamente con la adicción y el chisme. 

El éxodo, en sí, se puede ver como un modelo de arrepentimiento. Como ejemplos prácticos del arrepentimiento, seguiremos con la adicción y el chisme.

Para los hijos de Israel, salir de Egipto no solo representaba un cambio de estatus social. No pasaron simplemente de esclavitud a libertad.

Se les cambió todo. 

Llevaban siglos viviendo en Egipto. Nadie se acordaba de llevar la vida del hebreo nómada de Abraham, Isaac y Jacob. Nadie se acordaba de, ni sabía cómo era, Canaán.

Existe una diferencia muy grande entre arrepentirnos de una falta repentina y arrepentirnos de un hábito malo.

Por ejemplo, digamos que estoy muy cansado, o estresado por circunstancias que son fuera de lo común.

Digamos que, en este estado físico y emocional, se me escapa una palabra hiriente cuando hablo con un ser querido.

Nunca le hablé así antes. Después que se me resuelven los problemas, no es muy probable que le hable así de nuevo.

No es un hábito ni una costumbre. Simplemente estaba mal y me porté de una manera incorrecta que me dio vergüenza. 

Le pido disculpas. 

Si soy verdaderamente sincero, sigo el consejo del Señor en Doctrina y Convenios 121:23 y le demuestro mayor amor, no sea que me considere su enemigo.

Lo más probable es que me perdone.

Pero los pecados más arraigados, que establecemos por repetición, a través del tiempo, estos no se abandonan tan fácilmente.

No solo requieren palabras buenas, sino un cambio de vida.

Uno de los motivos del éxito de grupos como Alcohólicos Anónimos es que los adictos tienen adonde ir y hacer amigos nuevos que facilitan un cambio de vida.

Las personas que simplemente intentan dejar de drogarse, pero que siguen pasando tiempo con los amigos que todavía se drogan, siempre vuelven al vicio.

Tienen que establecer una vida social diferente, participando en actividades diferentes, en lugares diferentes, con personas diferentes.

Las personas que se ponen la meta de dejar de chismear encuentran un problema parecido.

Descubren que la base de muchas de sus amistades es el chisme. 

Si no hablan sobre el vecino, el peinado del hijo del obispo, o el sobrepeso de la prima, se quedan prácticamente en silencio.

No saben qué decir.

Descubren que es necesario hacer cosas en la vida propia que sean dignas de comentario. 

Tienen que buscar intereses comunes que no sean la privacidad ajena. 

No solo es necesario aprender a dejar el pecado. El dejarlo crea un vacío en la vida, y la naturaleza aborrece el vacío. 

Quiere llenarlo con cualquier cosa, y lo más fácil, por cuestiones de proximidad, es llenarlo con el pecado que uno acaba de dejar.

Cuando los hijos de Israel declararon su deseo de salir de Egipto, cuando pusieron su fe en el profeta, en el representante del Señor, las cosas no se mejoraron al principio.

De hecho, la vida se puso más difícil. El faraón les dio más tareas, pero no les dio más tiempo para llevarlas a cabo.

El élder Richard G. Scott reconoció que enfrentamos algo parecido cuando nos arrepentimos.

Debes reconocer que pasarás por dos períodos de transición; el primero es el más difícil: estarás enjaulando al tigre que ha controlado tu vida; sacudirá la jaula, rugirá, te amenazará y te causará algo de desazón. 

Durante este primer período mencionado por el élder Scott, es posible que al drogadicto quien comienza su proceso de recuperación se le acelere la frecuencia cardiaca, que comience a sudar excesivamente, que se ponga más irritable o inquieto, que le duelan los músculos, que le duela la cabeza, o que le pasen muchas otras cosas desagradables.

El chismoso pasará por un período de soledad, de sentirse excluido del grupo, de desorientación por no saber de qué hablar ni de cómo establecer una conexión con otras personas.

En el mismo discurso, el élder Scott comparte otro pensamiento más alentador sobre el pecador que se esfuerza por abandonar un pecado:

Pero te prometo que ese período pasará; su duración depende de la seriedad de tu transgresión, de lo fuerte que sea tu determinación y de la ayuda que busques del Señor. Pero recuerda que si te mantienes firme, pasará.

En el caso de los hijos de Israel, este período duró 40 años, pero no fue necesario que durase tanto.

Moisés había subido y bajado el Sinaí varias veces. En vez de desobedecer, descaradamente, a Dios, con el pretexto de que Moisés había demorado mucho, los hijos de Israel simplemente podrían haberle esperado hasta que bajara de nuevo, como ya lo habían hecho varias veces.

Cuando los espías habían vuelto de Canaán con su informe, el pueblo en general podría haber adoptado la actitud de Josué y Caleb, de que la lucha sería difícil, pero totalmente alcanzable con la ayuda del Señor.

Prolongaron su estadía en el desierto innecesariamente por sus renuencias, reclamos y rebeliones.

En contraste, vemos el ejemplo de los asirios que vivían en Nínive. El Señor mandó a Jonás, y este, a regañadientes, les predicó el arrepentimiento.

El profeta no creía que valiera la pena. Estaba convencido de que una destrucción pronta y segura esperaba a los asirios, pero estos acabaron sorprendiéndole a Jonás.

Evitaron la destrucción arrepintiéndose muy rápidamente, prolongando así la existencia de su imperio por muchos años más.

Una vez que los hijos de Israel ya conocían bien, y llevaban tiempo obedeciendo, los mandamientos de Dios, se les permitió finalmente entrar en la tierra que fue prometida siglos antes a Abraham.

Más importante que el número específico de años, el cambio que se había efectuado en sus corazones es lo que les permitió terminar la transición entre esclavos sin patria y una nación santa.

Varios terapeutas, que ahora trabajan para librar a otras personas de la adicción, fueron drogadictos ellos mismos. Conocen la eficacia de lo que enseñan porque primero tuvieron que aprenderlo e implementarlo ellos mismos. 

El chismoso puede aprender a apreciar la discreción y la privacidad, además de basar sus amistades en cosas sanas, como los intereses comunes y experiencias compartidas.

El pecador, ya sea drogadicto o chismoso, comienza sufriendo, desorientado, con un vacío en el alma. 

O sea, pasa por el desierto.

Por el camino, con la ayuda del Señor, y de personas de confianza, y mirando el ejemplo de otros que ya pasaron por el desierto, el pecador aprende una nueva forma de vida.

Aprende el valor de los mandamientos.

Aprende a satisfacer sus necesidades de una forma buena y sana, que no ofende a Dios, ni hace daño a nadie.

El vacío se llena con positivismo, progreso y paz.

Entonces, como prometió el élder Scott, la vida se vuelve más fácil.

El pecador se convierte en una persona santa, limpiada por la sangre del Cordero.

O sea, entra en la Tierra Prometida.


Las dos citas del élder Scott vienen de su discurso Cómo encontrar el camino de regreso de la Conferencia General de abril de 1990.

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